1974: DE SEVILLA A AMSTERDAM: EL FRACASO DEL IMPERIO.
(Capítulo 4 de El Moderno Sistema Mundial, I, de Immanuel Wallerstein. Digitalizado a partir de la edición en castellano de Siglo XXI editores, 1979. Traducción de Antonio Resines)
(viene de pag. anterior)
En cuanto a Venecia, mientras que el "primer" siglo XVI fue una era de decadencia del comercio mediterráneo (bajo el impacto de la conquista por los turcos de Constantinopla y Egipto y de las nuevas rutas marítimas portuguesas a Oriente), el "segundo" siglo XVI fue testigo de un gran resurgir de su comercio, en especial en el Mediterráneo oriental (242). Este resurgir había comenzado ya alrededor de 1540, y fue debido en parte a la incapacidad portuguesa para controlar el comercio del océano Índico (243), en parte a algunas ventajas competitivas de Venecia sobre Portugal (244), y en parte a la debilidad portuguesa en Europa (245), así como a la crisis de España en los Países Bajos (246).
Pero el renacer del norte de Italia no podía durar. Ni su base agrícola ni su base industrial eran sólidas, al contrario que las del norte de los Países Bajos y a fortiori que las de Inglaterra, yen el siglo XVII se habla de la decadencia de Italia.
La debilidad de la base agrícola era múltiple, dado el crecimiento de la población en el siglo XVI, particularmente acentuado en el período 1580.1620 (247). Hemos mencionado ya la dificultad relativa de las condiciones del suelo. Es cierto que durante el "primer" siglo XVI, al declinar las ganancias por el comercio, hubo un desplazamiento de la inversión hacia la agricultura, en particular del trigo (248). Eso fue especialmente cierto en el caso de las órdenes monásticas, que no tenían permitido participar en el comercio urbano. Esta tendencia se vio acentuada particularmente en la Terraferma alrededor de Venecia (249), entre 1570 y 1630, al responder los inversores locales al aumento de los precios agrícolas y la declinación de las ganancias industriales.
No obstante, a pesar del incremento de la producción, había hambre. Parte de la explicación yace en un factor que, desde el punto de vista del sistema social, es accidental y externo: un súbito incremento de la lluvia y el frío en las últimas décadas del siglo XVI, que llevó a un incremento de las tierras pantanosas y, por tanto, de la malaria (250). Esto último resultaba particularmente serio, dado que Italia estaba sufriendo ya tal incremento como resultado de la extensión del cultivo de tierras en el proceso de colonización interna (251). Aun así, se podría pensar que una región con tal cantidad de metales preciosos podría haber importado trigo. Esto parece haber ocurrido en cierta medida, lo suficiente como para extender los efectos del hambre, creando escasez en otros lugares (252), pero no lo suficiente, aparentemente, para mantener una base agrícola para la producción industrial. ¿Por qué no? Se puede suponer que los nuevos grandes productores agrícolas (tales como los monasterios) no prestaban su peso político a la expansión de las importaciones de grano (253). Estaba, por supuesto, el factor del costo. El grano báltico estaba lejos, y el grano egipcio y sirio resultaba a menudo inaccesible, ya fuera porque ellos también sufrían escasez o debido a un estado de guerra con los turcos (254).
Más aún, en la medida en que estaba importando grano era bajo las peores condiciones de negociación, y a través de su rival comercial, los holandeses. Porque Amsterdam controlaba las existencias bálticas de grano y podía suministrarlo a su gusto (255). Esta ventaja coyuntural de Holanda sobre el norte de Italia pudo transformarse entonces en algo más permanente a causa de las vinculaciones creadas por la economía-mundo. Spooner señala el papel de las nuevas y sofisticadas técnicas de crédito, endoso de letras de cambio, patto di ricorsa (una forma de crédito a corto plazo), y bancos públicos, todo lo cual comenzaba a emerger precisamente en ese momento. Este sistema de crédito era internacional, y al empezar a declinar el norte de Italia el foco de estas actividades se vio desplazado sin más (256). Porque los financieros comerciales se salvaron a sí mismos, en Génova, como en otros lugares, sin demasiadas preocupaciones acerca de lealtades geográficas.
Pero ¿y la industria? ¿Acaso no era el norte de Italia un centro industrial, y un centro industrial al que se había infundido nueva vida, especialmente en Venecia? J. H. Elliot menciona nuevas inversiones entre 1560 y 1600, y un momento de "opulento esplendor" (257). La opulencia, sin embargo, no duró. De ser una de las áreas industriales más avanzadas en Europa en 1600, la Italia del norte se convirtió en una región agrícola deprimida hacia 1670. Ya hemos sugerido que la prosperidad era engañosa. Domenico Sella dice, acerca de la prosperidad económica de Venecia a finales del siglo XVI, que no puede "ocultar el hecho de que la base sobre la que se apoyaba era un tanto más estrecha que en el pasado, y que, por consiguiente, su economía se había hecho tanto más vulnerable" (258). Existen aquí dos consideraciones fundamentales: Una es la pérdida de Francia e Inglaterra como clientes, a causa de la aparición de sus propias industrias textiles. Por tanto, el mercado se reducía ahora más o menos al norte de Italia y Alemania. La seguida es que el transporte marítimo estaba ya cada vez más en manos de buques no venecianos. Como dice Carlo Cipolla: "La totalidad de la estructura económica del país era excesivamente dependiente de su capacidad para vender en el exterior un a alta proporción de los artículos manufacturados y de los servicios que podía ofrecer" (259).
¿Qué quiere decir esto de ser demasiado dependiente de la venta de bienes manufacturados? Después de todo, el secreto del éxito de las áreas del centro de una economía-mundo es que intercambian sus manufacturas por las materias primas de las áreas periféricas. Pero este cuadro tan simple deja fuera dos factores: la capacidad político-económica para mantener bajos los precios de las importaciones de materias primas (que ya argumentamos que era más factible para los Países Bajos que para el norte de Italia), y la habilidad para competir en los mercados de los países del centro con los productos manufacturados de otros países del centro.
La historia resulta entonces bastante simple. Mientras que los holandeses podían vender más barato que los ingleses en Inglaterra, los italianos, por comparación, tenían probablemente precios demasiado altos (260), y estaban anticuados (261). Los gremios italianos mantenían elevados los costos de la mano de obra. La imposición estatal era comparativamente elevada. Los italianos producían para un mercado de calidad. Otros aparecieron con telas más ligeras y de mayor colorido; menos duraderas, de calidad inferior, pero más baratas. El secreto del éxito industrial moderno se iba a ver tempranamente revelado. Cuando la guerra de los Treinta Años interfirió también el mercado alemán, sobrevino el desastre: caída de la producción de tejidos, desinversión de capital, emigración de las industrias a las áreas rurales, para escapar a los costos gremiales de la mano de obra y al recaudador de impuestos. Ya que las industrias no eran competitivas, fueron muriendo (262).
¿Podría el norte de Italia haber jugado el papel del norte de los Países Bajos? Es posible, pero probablemente no había lugar para ambos, y Holanda estaba mejor equipada para la labor, por un montón de razones, de lo que estaban Venecia, Milán o Génova. Tampoco podía Italia seguir el camino de Inglaterra y Francia, entre otras cosas por falta de seguridad política (263). Cuando la peste golpeó a Italia en 1630 (264), redujo la presión sobre el suministro de alimentos, pero también elevó aún más los salarios. Aquello fue la última gota. El norte de Italia completó así la transición de centro a semiperiferia. Hemos señalado ya previamente que España estaba sufriendo esa misma transición en esta época. Sin duda, el norte de Italia nunca cayó tanto como algunas otras áreas mediterráneas, por ejemplo el sur de Italia (265) y Sicilia (266), pero esto sería un pobre consuelo en los siglos por venir. R. S. López, al hacer el recuento de todas las desgracias ocurridas al Mediterráneo cristiano desde 1450, concluye entristecido: "Evidentemente, la primacía de los pueblos mediterráneos no podía sobrevivir a tantas adversidades" (267).
Escrito en inglés y publicado por primera vez bajo el título: The modern world-system. Capitalist agricultura and the origins of the European world-economy in the sixteenth century, Academic Press, Inc., Nueva York, 1974.Traducido al español por Antonio RESINES y editado bajo el título: El moderno sistema mundial: la agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES S.A., Madrid, 1979.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Juan Mª (López de Sá y de) Madariaga. Iruñea, Nafarroa, Hego Euskal Herria. Enero, 2000.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
Notas:
(242) «Gracias a la convergencia de varias fuerzas distintas, hacia mediados del siglo XVI los mercados del Levante estaban bien provistos de mercancías orientales, y Venecia recuperó su prosperidad comercial anterior. Pero durante la primera mitad del siglo la depresión había sido profunda.» Vitorina Magalhães Godinho, «Le repli vénitien et égyptien et la route du Cap, 1496-1533», en Eventail de I'histoire vivante: hommage à Lucien Febvre, II, París, Armand Colin, 1953, p. 300. Véase Frederic C. Lane, «The Mediterranean spice trade: its revival in the sixteenth century», en Venice and history, Baltimore (Maryland), Johns Hopkins Press, 1966, pp. 581-590, y su artículo previo «Venetian shipping during the commercial revolution», en Venice and history, pp, 13-14; véase también E. E. Rich, New Cambridge Modern History, I, esp. p. 447.
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(243) «También es probable que el comercio mediterráneo, vinculado a los intermediarios árabes, haya sabido reservarse, pagándolos más caros en los puntos de embarque, Goa, Cochin y otros lugares, los productos de mejor calidad. ¿No habrán exagerado notablemente los portugueses al mantener en Asia precios de compra extremadamente bajos? [...]
»Y, no habiendo perdido el comercio mediterráneo hacia Oriente nada de su interés para los habituales intermediarios, es evidente que sólo habría podido descartarlo la fuerza, es decir, una vigilancia ejercida en las mismas fuentes de aprovisionamiento. Y los portugueses lo consiguieron en varias ocasiones; [...] Pero esa atenta vigilancia se relaja muy pronto, por decisión de los mismos portugueses». Braudel, La Méditerranée, II, pp. 495-496.
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(244) «A comienzos del siglo XVI, el comercio español en el Mediterráneo atravesaba una grave crisis, como consecuencia de la apertura del comercio portugués directo con la India por el cabo de Buena Esperanza [...] El monopolio portugués, sin embargo, resultó ser efímero. Por fuertes que pudieran ser en el mar, los portugueses no podían esperar, con unos pocos barcos de guerra que operaban desde bases muy dispersas, suprimir permanentemente todo un floreciente comercio que proveía a Egipto y al imperio turco, así como a clientes europeos [... ] El comercio español en el océano Indico -o la mayor parte de él- pronto volvió a sus antiguos canales; con él revivió el comercio mediterráneo en naves venecianas. En una competencia frontal en precio y calidad las ventajas no estaban todas en absoluto de parte del comercio oceánico portugués. Los costos y riesgos de la ruta del Cabo eran grandes, y tendían a aumentar; y los portugueses no tenían mercancías que ofrecer con las que realizar fletes rentables hacia el extranjero. Compraban especias con oro y plata, y las ganancias del viaje de vuelta debían cubrir también los costos del viaje de ida [...] Puede haber habido también una diferencia de calidad de las especias, tendiendo las especias portuguesas "a estropearse y perder su aroma en el largo viaje por mar"». J. H. Parry, Cambridge Economic History of Europe, IV, pp. 164-165.
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(245) Sobre el impacto de la desaparición de la factoría real portuguesa, como institución permanente, en 1549, véase S. T. Bindoff: «Independientemente de cuáles fueran las razones para dar este paso, o sus inmediatas consecuencias, simbolizó el fin de una época». New Cambridge Modern History, II, p. 68.
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(246) Véase J. B. Harrison, «Colonial development and internacional rivalries outside Europe, II, Asia and Africa», New Cambridge Modern History, III, R. B. Wernham, comp., The Counter-Reformation and the price revolution, 1559-1610, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1968, pp. 533-534.
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(247) Carlo M. Cipolla, por ejemplo, señala que en Milán, entre 1580 y 1610-1620, «hubo una expansión demográfica intensiva». Mouvements monétaires dans I'Etat de Milan (1580-1700), París, Armand Colin, 1952, p. 31. Para Florencia se señala una expansión análoga, siendo 1619-1620 el punto de descenso, en Ruggiero Romano, «A Florence au XVIe siècle: industries textiles et conjoncture», Annales ESC, VII, 7, octubre-diciembre de 1952, páginas 508-512.
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(248) «El trigo se hasta a sí mismo para establecer de una manera aplastante la superioridad de la producción agrícola sobre cualquier otra [en el siglo XVI]. La agricultura es la industria más importante del mar Interior, tanto más cuando los cereales sólo constituyen una parte del ingreso agrícola». Braudel, La Méditerranée, I, p. 385.
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(249) «La razón fundamental [de este desplazamiento] debe estar seguramente en los beneficios que los venecianos esperaban obtener de la tierra [...] Un primer incentivo era probablemente el ejemplo de los beneficios obtenidos por los grandes monasterios mediante la roturación de nuevas tierras, ya en el siglo XV [...]
»El período crucial del cambio hacia las actividades agrícolas parecería estar entre 1570 y 1630, cuando las posesiones venecianas se incrementaron probablemente en un 35 por 100». S. J. Woolf, «Venice and the Terraferma: problems of the change from commercial to landed activities», en Brian Pullan, comp., Crisis and change in the Venetian economy in the sixteenth and seventeenth centuries, Londres, Methuen, 1968, pp. 194-195.
Véase Bouwsma: «En toda Italia, la propiedad eclesiástica de la tierra se había extendido en el período de la Contrarreforma; y unas condiciones especiales habían acentuado esta tendencia en territorio veneciano más que en ninguna otra parte. Las corporaciones eclesiásticas habían participado entusiásticamente con sus especiales acumulaciones de capital en los grandes proyectos de rotulación de nuevas tierras de esta época». Venice and the defenses, p. 343.
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(250) Braudel termina su exposición de ]al relaciones entre las lluvias y la recesión con el siguiente comentario: «Todo el drama social del hambre que domina las postrimerías del siglo puede tener su verdadera causa en la perturbación, aunque ligera, de las condiciones atmosféricas. Llevado esto al extremo límite de la prudencia, ¿qué podría decirse? Acerca de ese drama de fines de siglo no escasean, por cierto, las explicaciones demográficas o económicas, pero nada nos asegura que el clima no haya tenido su parte en tales hechos y que no debe ser considerado, en general, como un factor variable de la historia. Es difícil asegurarlo, pero algunos hechos lo demuestran bastante claramente». La Méditerranée, I, página 248.
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(251) «No es posible sustraerse a la impresión de que en el siglo XVI se produjo un recrudecimiento de este mal [la malaria]. Aunque quizá ello se debiera simplemente al hecho de que el hombre va a enfrentarse ahora a su viejo y terrible enemigo de las tierras bajas. Todo el siglo XVI, y ya todo el XV, se lanzan, en efecto, a la búsqueda de tierras nuevas. ¿Dónde encontrarlas más tentadoras, más prometedoras, que en estas llanuras húmedas y susceptibles de ser transformadas? Pero nada más nocivo que el primer contacto, la primera remoción de tierras infestadas [...] La activa colonización del interior que se organizó por todo el Mediterráneo en el siglo XVI costó harto cara. Fue especialmente activa en Italia. Si Italia falla en la conquista de colonias lejanas, si permanece al margen de ese gran movimiento, ¿no es, entre otras razones, porque estaba ocupada en conquistar dentro de sus propias fronteras todo el espacio susceptible de aprovechamiento según las técnicas de la época, desde las planicies inundadas de agua hasta las cumbres?» Braudel, La Méditerranée, I, p. 59. Véase P. J. Jones, «Per la storia agraria italiana nel medio evo. lineamenti e problemi», Rivista Storica Italiana, LXXVI, 2, junio de 1964, pp. 307-308.
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(252) «La situación alimentarla en el área mediterránea habría sido con toda probabilidad mucho más grave si el flujo de metales preciosos procedentes de América no hubiera proporcionado los medios de pago para las grandes compras de grano. De esta forma, la fluctuación climática se convirtió en uno de los factores que contribuyeran a difundir por toda Europa los efectos de la entrada de metales preciosos. La expansión del comercio y la navegación desde mediados del siglo XV debe haber ayudado también a mitigar los efectos de las malas cosechas. Sin embargo, los cambios climáticos intervinieron de forma sustancial para debilitar a los países mediterráneos en relación con las naciones ascendentes del Atlántico y del mar del Norte». Utterström, Scandinavian Economic History Review, III, p. 44.
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(253) «Antes y después de esta crisis [alimentaria de 1591], el Mediterráneo ha vivido siempre y esencialmente de los productos de su propia agricultura. No hay nada aquí que se parezca a lo que ocurre en los Países Bajos con Amsterdam o, mucho más tarde, en la Inglaterra del libre cambio. Los universos urbanos no quieren confiar a los de fuera el cuidado de aprovisionarlos». Braudel, La Méditerranée, I, p. 387.
Sin embargo, las importaciones de grano crecieron. Ha sido Braudel, de hecho, quien ha señalado, junto con Romano, el papel desempeñado por el trigo en la expansión de Liorna: «¿No está ligado el auge de Liorna con su creciente papel como puerto triguero? La gran hambre de 1591 y la entrada de trigo del norte [...] marcan, creemos, el punto de inflexión decisivo». Fernand Braudel y Ruggiero Romano, Navires et marchandises à I'entrée du port de Livourne (1547-1611), París, Armand Colin, 1951, p. 22.
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(254) La importancia de este aislamiento respecto al Levante como fuente de grano queda indicada en la descripción de J. H. Parry de la situación en el siglo XV: «En el oeste, más populoso y menos productivo, la situación era más difícil. Florencia, Génova, Venecia, Ragusa, Nápoles y las ciudades del este de España -estas últimas rodeadas principalmente de tierras productoras de vino, aceite o lana- eran todas importadoras de grano por mar, ya que sus suministros locales eran insuficientes o irregulares, y el transporte local por tierra era costoso. Las principales fuentes occidentales eran Apulia y Sicilia, ambas controladas política- mente por los gobernantes de Aragón, que eran importadores regulares; pero en su conjunto el Mediterráneo occidental rara vez era autosuficiente en grano, y las ciudades de importancia también recurrían constantemente al barato y abundante grano del Levante. Venecia, en particular, contaba con el grano oriental; sus colonias del Egeo eran una útil fuente de suministro, y la República también importaba regularmente grano de Egipto. Existía en el Mediterráneo oriental, por consiguiente, un comercio marítimo de grano, especializado, complejo, y necesariamente flexible. Los barcos, venecianos, genoveses o ragusanos, eran grandes, diseñados para llevar su voluminosa carga, y normalmente no llevaban otra cosa». The age of reconnaissance, p. 53.
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(255) «En el Mediterráneo las condiciones eran diferentes: a causa del peligro constantemente amenazante de los piratas argelinos, naves grandes y armadas eran indispensables en esta área [...] Sin embargo, Amsterdam consiguió hacerse con parte del comercio mediterráneo, gracias a sus grandes existencias de grano. Muchos años de finales del siglo XVI y de la primera mitad del XVII fueron tiempos de escasez de grano en Italia y España, mientras los almacenes de Amsterdam estaban bien provistos de trigo y centeno procedentes de Polonia o de la Prusia oriental, pudiendo obtener así grandes ganancias los comerciantes holandeses». Van Dillen, Britain and the Netherlands, II, p. 136.
Véase Parry, Cambridge Economic History of Europe, IV, pp. 158-159. Parry añade una consideración adicional sobre la causa de la escasez de grano en el Mediterráneo: «La escala masiva de las hostilidades turco-españolas en la década de 1570, y la asociación de Venecia a España, dislocaron también el comercio normal de grano, y al mismo tiempo aumentaron la demanda para el avituallamiento de flotas, ejércitos y guarniciones» (p. 159).
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(256) «En otro aspecto, la extensión del crédito estaba estrechamente ligada con el marco del comercio, con las asociaciones de comerciantes en puertos, mercados y ferias de toda Europa. La actividad de los comerciantes financieros de Génova era un ejemplo destacado. Establecidos en Italia, foco tradicional de Europa, y envueltos en la gran aventura atlántica de España, con agentes diseminados por todo el continente, ellos fueron el canal a través del cual se efectuó el cambio de acento en la economía internacional desde el sur al norte de Europa y el Atlántico. De esta forma prepararon el camino para el extraordinario triunfo de Holanda.» Spooner, New Cambridge Modern History, III, p. 31.
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(257) «En una época en la que otras partes de Europa estaban dedicando más atención y recursos al comercio marítimo, Venecia escogió una dirección completamente opuesta. La flota veneciana comenzó a declinar en los años posteriores a 1560 [...] Sin embargo, esta retirada marítima coincidió con un gran giro del capital veneciano del mar hacia el continente. Aquí fue utilizado no para el comercio, sino para la adquisición de territorio y para el montaje de una industria textil a gran escala, capaz de competir con éxito con las industrias textiles del norte de Italia y de los Países Bajos, las cuales habían sufrido las consecuencias de las guerras europeas. Esta política, al menos a corto plazo, le proporcionó importantes beneficios. Durante el resto del siglo, [...] [Venecia] disfruté de un opulento esplendor, de tal forma que durante cierto tiempo pareció como si hubiesen vuelto milagrosamente los días de su antigua gloria». Elliott, Europe divided, pp. 58-59.
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(258) Domenico Sella, «Crisis and transformation in Venetian trade», en Brian Pullan, comp., Crisis and change in the Venetian economy in the sixteenth and seventeenth centuries, Londres, Methuen, 1968, p. 90.
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(259) Carlo M. Cipolla, «The decline of Italy: the case of a fully matured economy», Economic History Review, V, 2, 1952, pp. 180-181. Esto no solamente es cierto para Venecia, sino también para Milán. Véase Cipolla, Mouvements monétaires, pp. 33-34. Los detalles de esta decadencia de Venecia están admirablemente especificados en un simposio que cubre el período 1620-1720: Aspetti e cause della decadenza economica veneziana nel secolo XVII. Atti del Convegno (27 giugno-2 luglio 1957), Venecia-Roma, Istituto per la Collaborazione Culturale, 1961.
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(260) E. J. Hobsbawm muestra algunas reservas en torno a la validez de este argumento sobre el nivel excesivo de los precios italianos. Véase «The crisis of the seventeenth century», en Trevor Aston, comp., Crisis in Europe, 1560-1660, Londres, Routledge & Kegan Paul, p. 19. Sin embargo, Barry Supple ofrece ciertos datos, que confirmarían la hipótesis de Cipolla, en Commercial crisis and change in England, 1600-1642, Londres y Nueva York, Cambridge Univ. Press, 1959, pp. 159-160. Véase también la explicación de Ruggiero Romano de la decadencia de la construcción naval veneciana, especialmente a partir de 1570: «[La política de créditos a la construcción] no podía contrapesar los altos precios de los astilleros venecianos, altos en comparación con los de la construcción naval en otras partes, especialmente en el norte de Europa». «La marine marchande vénitienne au XVIe siècle», en M. Mollat et al., comps., Les sources de I'histoire maritime en Europe, du Moyen Age au XVIIIe siècle (Actes du IVe Colloque International d'Histoire Maritime), París, SEVPEN, 1962, página 46.
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(261) «El éxito del patio del norte se debía a dos factores: costaba menos, y su calidad, quizá menos estimable que la de los productos venecianos, respondía más a las nuevas exigencias de la moda». Sella, Annales ESC, XII, p. 39.
Se debe recordar que en el siglo XVI trabajo de calidad significaba trabajo más industrializado, no menos. En una era en la que el trabajo fabril se asocia con la producción para las masas y con la producción masiva, y en la que la artesanía sobrevive como una especie de arte para un mercado especializado, requiere un salto de la imaginación el comprender que antes de la era industrial sucedía lo opuesto. Entonces las fábricas, es decir, conjuntos de obreros cooperando juntos en un lugar bajo supervisión directa, se usaban sólo en aquellos raros casos en los que resultaba esencial la calidad, como en ciertos productos de lujo, o en los que se estimaba mucho la precisión por razones de seguridad, o en los que se daba algún otro problema que exigía un alto nivel de control. Tal era el caso, por ejemplo, de la producción de cordaje en la Venecia del siglo XVI, donde el Senado se preocupaba por «la seguridad de nuestras galeras y barcos, y, de forma similar, por nuestros marineros y nuestro capital». El Senado no confiaba además tal empresa a manos privadas. Frederic Lane cita la declaración del Senado en «The rope factory and hemp trade in the fifteenth and sixteenth centuries», en Venice and history, Baltimore (Maryland), Johns Hopkins Press, 1966, página 270.
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(262) «Cuando un país se encuentra en la desafortunada posición en la que se encontraba Italia a comienzos del siglo XVII, tarde o temprano se ponen en marcha un cierto número de fuerzas, naturales o inducidas, para provocar un reajuste. Los pasos necesarios para corregir el desequilibrio pueden variar: desarrollo de nuevos tipos de producción, búsqueda de nuevos mercados, disminución de ciertos tipos de consumo, reducción de la relación entre el nivel doméstico de precios y el nivel mundial, etc. Si un país puede desarrollar nuevos tipos de producción o explotar nuevos mercados, puede, hablando a grandes rasgos, mantener tanto su nivel de empleo como su nivel de vida. En otro caso debe admitir naturalmente una reducción drástica de su nivel de vida y, muy probablemente, de su nivel de empleo». Cipolla, Economic History Review, V, pp. 186-187.
E. J. Hobsbawm duda de que fuera posible que el norte de Italia hiciera algo diferente de 16 que hizo: «La decadencia de Italia [...] ilustra las debilidades del "capitalismo" parásito en un mundo feudal. Así, los italianos del siglo XVI probablemente controlaban las mayores aglomeraciones de capital, pero las invirtieron de forma flagrantemente errónea. Las inmovilizaron en edificios y las disiparon en préstamos exteriores durante la revolución de los precios (que naturalmente favorecían a los deudores), o las desviaron de las actividades manufactureras hasta diversas formas de inversión inmovilizada. [...]. Sin embargo, los inversores italianos, que eran conscientes desde hacía mucho tiempo de que las catedrales demasiado grandes eran malas para los negocios, actuaron bastante sensatamente. La experiencia de siglos les había mostrado que las mayores ganancias no se conseguían con el progreso técnico ni en la producción [...] Si gastaron grandes cantidades de capital de forma improductiva, puede haber sido simplemente porque no había más espacio para invertirlo de forma progresiva en ninguna escala dentro del sector capitalista [...] La expansión general de finales del siglo XVI [...] y las demandas bruscamente acrecentadas de las grandes monarquías absolutas, que recayeron sobre los contratistas privados, y el lujo sin precedentes de sus aristocracias, retrasaran la llegada del infortunio». Crisis in Europe, pp. 18-19.
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(263) Amintore Fanfani considera que ésta es la primera, pero no la única, explicación de la decadencia: «En Italia no había otra posibilidad que la de buscar refugio en la agricultura, y por otra parte no podían frenar la decadencia por falta de tres cosas: 1, falta de un amplio mercado unitario o de una fuerte tendencia hacia la unificación; 2, ausencia de Italia del gran movimiento europeo de expansión oceánica; 3, falta de un programa económico importante adecuado a las necesidades reales de la economía italiana». Storia del lavoro, p. 48.
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(264) La gravedad de la peste queda puesta de relieve por su impacto sobre la población: «Las pandemias de 1630 y 1657 cancelaron los avances del período 1580-1629 y 1631-1655, y retrotrajeron a la población italiana a un nivel oscilante en torno a los once millones». Carlo M. Cipolla, «Four centuries of ltalian demographic development», en D. V. Glass y D. E. C. Eversley, comps., Population in history, Londres, Arnold, 1965, p. 573.
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(265) «La venta de tierra [y consecuentemente el auge del capitalismo feudal] tuvo lugar en toda la península [italiana], desde el Piamonte a Sicilia». Bulferitti, Archivio Storico Lombardo, IV, 21, n. 30. Villari describe el proceso en Italia meridional de lo que él llama «comercialización del feudo». La rivolta antispagnola a Napoli, p. 164. La venta de tales tierras por el Estado facilitó el auge de nuevos grupos que fueron ennoblecidos. «Fue un movimiento complejo de expansión y consolidación de los dominios feudales, al que la alta burguesía dio un fuerte impulso, y que coincidió con una muy enérgica afirmación del poder económico y social de la nobleza tradicional» (p. 192). Una consecuencia fue la «feudalización de las ciudades» (p. 168), a la que se opuso una resistencia tan fuerte como inefectivo. Cambió el estilo de vida de las ciudades: «Una de las consecuencias más visibles de la expansión feudal fue el incremento del consumo de bienes improductivos y de lujo, con la construcción de palacios, capillas, villas y jardines en los centros urbanos de la provincia, en una nueva fase de su desarrollo urbano» (pp. 193-194).
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(266) «Gravemente subindustrializada, estando la mayor parte de sus bancos y de su crédito bajo control de extranjeros, sirviendo las ganancias de su comercio de exportación para enriquecer a comerciantes genoveses, venecianos y catalanes, y con un sistema agrícola que combinaba las desventajas de la economía feudal con las de un moderno sistema de crédito, Sicilia permaneció pobre y no fue nunca capaz de alcanzar el puesto de cabecera que el norte de Italia había ganado a finales de la Edad Media». Koenigsberger, The government of Sicily, p. 82.
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(267) López, Cambridge Economie History of Europe, II, p. 353. Braudel habla de un «reflujo de la economía» en todo el Mediterráneo a partir de la década de 1620. «L'économie de la Méditerranée au XVIIe siècle», Les Cahiers de Tunisie, VI, 14, 2., trimestre, 1954, p. 195. Emmanuel Le Roy Ladurie menciona esta «lepra de decrecimiento que aflige [a partir de 1620] a italianos, castellanos e hispanoamericanos». Paysans, p. 636.
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